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Cuentos romanos : La casa es sagrada ( fragmento)

Hacia el comienzo del verano, Giacomo se encontró de pronto completamente solo. Creía que tenía muchos amigos, que conocía a muchas mujeres; pero unas pocas partidas habían bastado para hacer el desierto en torno a él. En realidad, como todos, se movía en un restringido círculo de personas; y se le ocurrió pensar que cuando fuera viejo estas partidas serían sin retorno y su soledad definitiva.
Cogió la costumbre de levantarse tarde y de quedarse en su cuarto de la pensión hasta la hora de la comida, tumbado en la cama, leyendo un poco o fumando. Después de comer salía un momento, tomaba café en un bar, compraba un periódico y volvía a su cuarto a leerlo. Algunas veces, si estaba cansado o hacía más calor que de costumbre, le gustaba dejar que el periódico cayera de sus manos y amodorrarse una media hora. A media tarde se levantaba, se lavaba, se peinaba, se vestía y dejaba la pensión.
Iba a sentarse en un café en la calle más elegante de la ciudad. En ese café servían una cerveza alemana en botellines que a Giacomo le gustaba mucho. Bebía lentamente la excelente cerveza helada, observando el paseo y a las personas sentadas ante las mesitas. Toda la gente ociosa de la ciudad, los jóvenes mejor vestidos, las muchachas más bonitas se daban cita en aquel trozo de acera, entre aquellas mesas. Muchos estaban de pie, ante los escaparates del café, fingiendo charlar, pero en realidad posando con indolencia ante los ojos que los miraban y vigilando ellos mismos con el rabillo del ojo el paseo y a los que estaban sentados. Mujeres llenas de entusiasmo, con el cigarrillo en la mano, se levantaban de las mesitas e iban a otras mesas riendo y hablando muy alto. Los camareros pasaban a duras penas con sus bandejas entre esta multitud. Se oía bromear, llamar, charlar sin medida, con un zumbido ininterrumpido lleno de suficiencia y de exclusivismo, como si aquello no fuera una calle, sino un salón cerrado para la mayoría. Y, en efecto, si un pobre de ropas desgarradas o simplemente alguien como Giacomo, solitario y sin amigos, se aventuraba entre esa muchedumbre parecía justamente que llegaba a una casa a la que no había sido invitado y en la que no se le deseaba. Era realmente una cuestión privada entre los que se sentaban en las mesitas y los otros que paseaban ante ellos. Todo ello bajo los grandes plátanos cuyo follaje adulto arrojaba luces y sombras extrañas sobre las mesitas, los vasos, las caras, los trajes, Hacía calor, pero sin bochorno, bajo un cielo sereno y ardiente. Al oscurecer toda esa gente se desparramaba, cada uno volvía a su casa. Los camareros subían los toldos y quitaban las últimas mesas.
Tras beber su primera botella, Giacomo solía tomar una segunda, y con ésta llegaba hasta la puesta de sol. Después se levantaba y regresaba sin prisas a su casa. Por la noche volvía al café, donde se repetían las mismas escenas, las mismas ostentaciones, la misma mundanería de la tarde, sólo que en menores proporciones y a la luz de las farolas. Las veladas eran especialmente agradables en aquella ancha calle aireada que subía con amplios giros entre palacios y jardines. El viento respiraba bajo los plátanos; en el aire apacible y cansado las voces sonaban alegres y claras; los rostros de las mujeres, en la penumbra, parecían misteriosos. Pasaba menos gente que de día y por eso era posible observarla mejor y más tiempo. Giacomo tomaba un helado en copa y lo saboreaba lentamente, con diligencia, como si le pagaran por eso, por tomar un helado y mirar a la gente.
Se sentía tranquilo y vacío; y a ratos podía hacerse la ilusión de que dominaba enteramente esta situación suya de soledad y abandono. Pero una especie de angustia estaba siempre al acecho y cuando menos se lo esperaba le apretaba el corazón. A veces era la sensación de su avidez de cerveza y helados lo que lo desesperaba como un rasgo mezquino, digno de alguien que sólo espera de la vida esas fáciles alegrías; era una mirada, un gesto, una palabra sorprendida en aquellos transeúntes desconocidos, que le hacían suponer cuánto más rica era, en comparación con la suya, la vida de los demás. Entonces advertía un oscuro dolor y comprendía que antes del final del verano tendría que hacer algo que le devolviera la sensación de su libertad. Porque en esos momentos le parecía que ya no era libre, como cualquiera habría podido pensar, sino que estaba ligado, impotente, sujeto a esta soledad que no había buscado ni dependía de él.

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