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Anna Magnani y Pasolini

Mamma Roma es una película italiana dramática de 1962 escrita y dirigida por Pier Paolo Pasolini y protagonizada por Anna Magnani.

Alberto Moravia : Cuentos romanos : Las bromas del calor ( fragmento)


Al llegar el verano, quizás porque aún soy joven y no me he adaptado aún al hecho de ser marido y padre de familia, me entran siempre ganas de es­capar. En verano, en las casas de los ricos, se cierran las ventanas por la mañana, y el aire fresco de la noche per­manece en las habitaciones amplias y oscuras, donde, en la penumbra, brillan espejos, suelos de mármol, muebles brillantes de cera. Todo está en su sitio, todo es limpio, ordenado, nítido; hasta el silencio es un silencio fresco, sedante, oscuro. Y luego, si tienes sed, te traen una bue­na bebida helada en una bandeja, una naranjada, una li­monada, dentro de un vaso de cristal donde los cubitos de hielo, al removerlos, hacen un ruido alegre que por sí solo te refresca. Pero en las casas de los pobres las cosas son muy distintas. Con el primer día de calor el bochor­no entra en tus cuartitos sin ventilación y ya no se vuelve a ir. Quieres beber y del grifo, en la cocina, sale un agua caliente que parece caldo. En casa no te puedes mover: parece como si todo, muebles, vestidos, utensilios, se hu­biera hinchado y se te cayera encima. Todos están en mangas de camisa, pero las camisas están sudadas y apes­tan. Si cierras las ventanas, te ahogas, porque el aire de la noche no ha conseguido entrar en esas dos o tres habita­ciones donde duermen seis personas; si las abres, el sol te inunda y te parece estar en la calle, y todo sabe a metal hirviente, a sudor y a polvo. Con el calor, incluso los caracteres se calientan, quiero decir que se vuelven penden­cieros; pero el rico, si le da por ahí, coge y se va al fondo del piso, tres habitaciones más allá; los pobres, en cam­bio, se quedan ante los platos grasientos y los vasos su­cios, cara a cara; o bien tienen que irse de casa.

Uno de esos días, tras haber tenido una buena bronca con toda mi familia, o sea con mi mujer porque la sopa estaba salada e hirviendo, con mi cuñado porque se ponía de parte de mi mujer y, en mi opinión, no tenía derecho porque está parado y vive a mi costa, con mi cuñada por­que me defendía y eso me fastidiaba, porque sabía que lo hacía por coquetería, pues está enamorada de mí, con mi madre porque trataba de calmarme, con mi padre porque protestaba diciendo que quería comer en paz, e incluso con la niña, porque había estallado en llanto, de pronto me levanté, cogí la chaqueta de la silla y dije sencilla­mente:
—¿Sabéis lo que os digo? Me jorobáis todos. Hasta la vista, en octubre, cuando venga el fresco.
Y salí de casa. Mi mujer, pobrecita, me siguió y, aso­mándose a la barandilla de la escalera, me gritó que había ensalada de pepinos, que me gusta mucho. Le contesté que se la comiera ella y bajé a la calle.
Vivimos en la vía Ostiense1. La atravesé y, maquinalmente, me fui hasta el puente de hierro, donde está el puerto fluvial de Roma. Eran las dos, la hora más cálida de la jornada, con un cielo de siroco, lívido, que parecía un ojo amoratado por un puñetazo. Cuando llegué al puente, me apoyé en el pretil de hierro claveteado: que­maba. El Tíber, encajonado entre los muelles, al fondo de los murallones oblicuos, parecía, con su color fango­so, una cloaca al aire libre. Él gasómetro, que parece un esqueleto después de un incendio, los altos hornos de la fábrica del gas, las torres de los silos, las tuberías de los depósitos de petróleo...............

Alberto Moravia : La romana ( fragmento)

 Al igual que muchas otras de las novelas de Alberto Moravia , La Romana fue llevada al cine en los años 50, realizando su adaptación  el propio Alberto Moravia.
 Adriana, la protagonista,  fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.





A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.





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Hola,
Mi nombre es Daniel Kehm y trabajo en el distrito de las escuelas públicas de Denver. La razón por la que le escribo este mensaje es porque tras preguntarle sobre posibles candidatos para trabajar en Denver, Alberto de visalista.com me facilitó esta dirección de correo electrónico.
El distrito ofrece la opción de visados en aquellos casos en los que los docentes requieren las destrezas requeridas para el puesto. Dado el gran crecimiento de Denver, en la actualidad se necesitan unos 800 docentes con conocimientos de español para impartir todo tipo de materias.
Si usted o cualquier otro docente está interesado en solicitar trabajo en el distrito de Denver, este es el enlace:

http://careers.dpsk12.org/
Simplemente haga clic en "Visit DPS Job Boards" en el lado derecho y cree su perfil. En caso de que surja cualquier cuestión con la aplicación puede escribirme a mi correo daniel_kehm@dpsk12.org. Hacia el final de la solicitud puede incluir también mi nombre sobre cómo conoció la opción de trabajar en nuestro distrito. He adjuntado imágenes de las pantallas para que le sea más sencillo seguir el proceso.

Viaje a BATUMI - GEORGIA ( enviado por Iván )






DOCUMENTACION
Para entrar en Georgia el visitante de la UE debe disponer de pasaporte y visado. El Ministerio español de Asuntos Exteriores recomienda a los españoles solicitarlo en la Embajada de Georgia en Moscú, Berlín o París, o en el mismo aeropuerto de la ciudad de Tiflis, pues este país no dispone de Embajada en España.

El importe del visado puede variar de una embajada a otra, e irá en función del tiempo de estancia en el país y de la antelación con que se solicite. A la hora de solicitar el visado, también deberán detallarse la intención del viaje, los lugares de estancia y las rutas que se seguirán. Ello se debe a que en Georgia existen lugares de acceso restringido a los extranjeros, como el territorio de Abjasia, Osetia del Sur, la zona fronteriza con Rusia y la frontera con terceros países, excepto los lugares de tránsito autorizados.

La Embajada de la República de Georgia en París se encuentra en:
Avenida Raymond Poincaré, 104
París 75116
Teléfono: 33 145021616.

Alberto Moravia : La romana, capítulo I








A los diecisiete años, era yo una verdadera belleza. Tenía el rostro de un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos largos, grandes y dulces, la nariz recta en una sola línea con la frente, la boca grande, con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba dientes regulares y muy blancos. Mi madre decía que parecía una Virgen. Yo me di cuenta de que me parecía a una actriz de cine por entonces en boga, y comencé a peinarme como ella. Mi madre decía que si mi cara era hermosa cien veces más hermoso era mi cuerpo; un cuerpo como el mío, decía, no se encontraba en toda Roma. Entonces no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que la belleza estuviese toda en la cara, pero hoy puedo decir que mi madre tenía razón. Tenía las piernas derechas y fuertes, los flancos redondos, la espalda larga, estrecha a la cintura y ancha en los hombros. Tenía el vientre, como lo he tenido siempre, un poco grande, con el ombligo que casi no se veía, tan hundido estaba en la carne; pero mi madre decía que esta era una belleza más, porque el vientre debe ser prominente y no liso liso como hoy se usa. También el pecho lo tenía robusto, pero firme y alto, manteniéndose erguido sin necesidad de sostén; y también de mi pecho, cuando me lamentaba de que fuese demasiado grande, mi madre me decía que era una verdadera hermosura, y que el pecho de las mujeres, hoy en día, no valía nada. Desnuda, como más tarde hube de notar, era grande y llena, formada como una estatua; pero vestida parecía, por el contrario, una chicuela menuda y nadie hubiera

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