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Se ofrece profesor



Profesor joven de primaria que ha terminado la carrera este año 2011, ofrece dar clases particulares de repaso para niños y niñas que cursen Ed. infantil, Primaria y/o primer ciclo de la ESO (1º y2º).

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Psique y Cupido

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Alberto Moravia en el Instituto Enseñanza Secundaria Joan Miró: Federico garcía lorca View more presentations ...

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Federico Garcia Lorca - Zaida 2 ESO

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A. Moravia: Relatos 1 : La provinciana. ( 2 )




Gemma, su hija, no era guapa, incluso rozaba la fealdad, pero poseía esos rasgos nobles y pronunciados que revelan su origen poco vulgar;  y en ciertos momentos parecían disponerse  en una especie de altiva belleza. Era alta,esbelta,huesuda,con largos y delgados muslos, ancha de hombros y con un pecho no muy desarrollado. El rostro era consumido y pálido ; sus ojos eran grandes, lentos de movimientos , con párpados salientes . Tenía una nariz aquilina, boca grande y un cutis delicado y malsano .
Tenía muy poco de su madre, excepto la nariz; y no tenía nada de su padre, al menos al juzgar por las fotografías colgadas en la casa, donde aparecia bajo, membrudo y bonachón;  había sido comerciante , había quebrado e inmediatamente después murió, dejando en la pobreza a su mujer , con la niña aún pequeña.Sin em bargo, Gemma, tan huesuda, pálida y elegante, no tenía nada de provinciana ni de mujer de su casa. Por el contrario, al verla se evocaban esas mujeres anémicas y mundanas, ciudadanas por vocación,que transcurren los días tendidas en un diván y que sólo salen de noche, vestidas siempre con trajes de gala, verdaderas criaturas nocturnas, efímeras y sin salud.Pero esta apariencia era la más engañosa de todas y en cuanto a su vida, era la más monótona que se podía llevar en aquella tranquila ciudad de provincias. 


 La verdad es que sentía una inclinación natural e invencible hacía el lujo, la vanidad y la vida mundana. Y la vengüenza de su propio estado y de su propia pobreza no era menos intensa y natural.  De forma que , a fuerza de fantasear sobre aquel paraíso del que se sabía excluida, y en el que habría querido entrar, llegaba a confundir la realidad con sus sueños, las aspiraciones con lo que realmente poseía,el presente con el futuro.

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A. Moravia: Relatos 1 : La provinciana.



 La ciudad, capital de provincia, tiene vida gracias a un número de empleados, profesionales y oficiales de guarnición. Como otras muchas gentes, las Foresi, que eran muy pobres, trataban de sacar provecho de estos forasteros.  Y alquilaban dos o tres habitaciones de su departamento, las más hermosas, que no daban a la callejuela, sino a unos huertos incultos y luminosos que se extendían detrás de la casa.
De las dos mujeres, la madre podría tener unos cincuenta años: era baja, pingüe, de humildes vestidos y comedidos modales; pero sus manos, suaves, pequeñas y blancas,sus cabellos aún negros, peinados con cuidado en un tocado que no carecía de una anticuada coquetería; su rostro que, en medio de su leve gordura, conservaba cierta delicadeza   en los rasgos, y sobre todo sus ojos, sus ojos de un azul dulce y pálido, en los que a veces aparecía una mirada singular, entre descarada y riente, hacían pensar en que unos veinte años antes debía de haber sido muy hermosa y muy diferente de lo que ahora era en porte y carácter.  Vestía de esa manera informe de las amas de casa provincianas , con faldas de tela negra o gris hasta los pies, corpiños cerrados hasta el cuello, toquillas cruzadas sobre el  pecho; no se daba ni siquiera un toque de polvos en las mejillas, pero se comprendía que algunos afeites   y un traje menos modesto la habrían transformado en seguida. Era muy casera, y cuando no estaba en casa atareada cocinando o con labores de aguja, se ponía una piel despellejada en torno al cuello, un sombrerito negro en la cabeza y se iba a la iglesia.

El fisgón .Cuentos romanos. A. MORAVIA


Las nueve y media. Salgo del bar donde me he tomado la pasta y el café, bajo la mirada perpleja del camarero que sin duda se pregunta por qué no desayuno en casa; voy hacia nuestro edificio y entro en el patio donde suelo aparcar mi maltrecho utilitario. Antes del accidente, a menudo coincidía con mi padre que entonces salía del otro lado del patio con su gran Mercedes, y no podía por menos de sentir esa sensación de malestar que sufre uno al ver la propia imagen de repente reflejada en un espejo imprevisto y deformante. Él, profesor universitario de física; yo, profesor universitario de literatura francesa. Él, famoso; yo, desconocido. Él, contento de su condición; yo, no. Él, perfectamente integrado y yo prácticamente marginado. Él era para mí un espejo conminatorio en el que yo me miraba con la esperanza de no encontrar parecido alguno y el temor de descubrir en cambio algún rasgo en común. Pero ¿por qué esa esperanza y ese temor? ¿No éramos acaso dos personas completamente distintas? ¿Y por qué además, ahora que el coche de mi padre ya no está estacionado en el patio al lado del mío, sufro casi un sentimiento de vacío y de desequilibrio? ¿Es posible que yo exista sólo en tanto que él existe? De todas formas, el hecho de ejercer la misma profesión siempre me ha inspirado no sé qué sentido del ridículo, como si se tratara de una curiosa coincidencia cuyo significado no acabo de entender. Antes del accidente, sentado a la mesa frente a él a la hora de nuestros almuerzos casi siempre monótonos y silenciosos, se me ocurría imaginar conversaciones de este tipo: "Profesor, yo odio la física". "Profesor, yo odio la literatura francesa". "Profesor, no me gustas nada: eres un burgués, un príncipe de la cátedra, un hombre del establishment". "Y tú, querido profesor, has fracasado en la lucha estudiantil, y eres un don nadie en la enseñanza y en la vida". Pues sí, ¡resulta difícil convivir con el propio padre! Lo que está muy claro es que yo he fracasado en mi trabajo de profesor. Para empezar, no me gusta dar clases aunque enseñe literatura francesa, un tema que conozco a fondo y con el que disfruto. No me gusta enseñar porque me canso -hay profesores que logran no cansarse jamás, pues convierten la clase en una rutina, pero yo no lo he conseguido- y además porque, mientras hablo desde la cátedra, no puedo por menos de pensar que mis alumnos no comprenden nada de lo que voy explicando, y que además no les importa en absoluto comprender. Pero hay otro motivo más insólito por el que no me gusta enseñar: durante la clase a menudo no puedo controlar mi entusiasmo por uno u otro autor de los que estoy hablando. Olvido entonces que estoy delante de los alumnos -las "bestias", como suelo llamarlos para mis adentros cuando estoy de mal humor- y me entretengo en divagaciones e interpretaciones de las que luego, en los momentos de lucidez, me arrepiento y avergüenzo, como si hubiera abierto mi corazón a un público indigno. Pero, ya lo he dicho, no soy un hombre rutinario, así que las horas que paso dando clase son un continuo y molesto vaivén entre el aburrimiento, cuando me limito a la información, y la rabia por haberme abandonado a las divagaciones.

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