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Las gafas.Cuentos romanos. A. MORAVIA

Natale, a primera vista, no parecía muy fuerte: de estatura mediana, corpulento, reventando en sus trajes que siempre parecían quedarle estrechos. Y en cambio era un toro; yo lo había visto levantar él solo, en el taller, un cochecito utilitario. Esta fuerza disimulada era un poco el símbolo de su verdadero carácter, escondido también bajo una apariencia seria y comedida. Era, en resumen, lo que se llama una mosca muerta: por fuera de una manera, y por dentro, de otra. Sólo su madre, si acaso, sabía verdaderamente cómo era: Natale le había abierto los ojos con el asunto de Nápoles, hacía unos años. En aqulla época, que en el Norte estaban todavía en guerra, Natale, que aún no se había destapado y engañaba todavía a su madre con su cara afligida y sus gafas, la convenció a ella y a unas amigas para que le confiaran una suma con la que ir a Nápoles a hacer acopio de medias de señora; en Roma escaseaban, las revenderían a un precio mucho mayor, bastaría para hacerse ricos todos. No sé por qué, se corrió por el edificio la voz de que Natale tenía olfato para los negocios, y todas aquellas pobres mujeres le dieron algo, y su madre le dio todos sus ahorros. Natale marchó a Nápoles en coche, pero no trajo las medias

UN DÍA NEGRO.Cuentos romanos. A. MORAVIA

Y luego dicen. Hay quienes no creen en la iettatura, pero yo tengo pruebas. ¿Qué día era anteayer? Martes, 17. ¿Qué me ocurrió por la mañana, antes de salir? Al buscar el pan, en el aparador, tiré la sal. ¿A quién me encontré en cuanto salí a la calle? A una muchacha jorobada, con un antojo peludo en la cara, a quien no había visto nunca por el barrio, y eso que conozco a todo el mundo. ¿Qué hice al entrar en el garaje? Pasé bajo la escalera de un obrero que estaba reparando el anuncio de neón. ¿Quién fue el primer mecánico que me habló al entrar en el garaje? Fulano, no quiero ni nombrarlo, que todos saben que trae mala suerte, con su cara torcida y sus ojos biliosos. ¿Les parece poco? Pues añado el resto: al ir hacia la parada poco faltó para que aplastara a un gato negro que se me atravesó en la calle, salido de no sé donde, de forma que tuve que frenar en seco, con un chirrido de mil diablos.
En la parada del piazzale Flaminio, a unos pasos de la estación del ferrocarril de Viterbo, no tuve que esperar mucho. Serían las siete cuando llegaron a toda prisa, con unos pasos como si bailasen la tarantela, dos palurdos del campo.

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