Al igual que muchas otras de las novelas de Alberto Moravia , La Romana fue llevada al cine
en los años 50, realizando su adaptación el propio Alberto
Moravia.
Adriana, la protagonista, fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.
A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de
sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una
desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena
conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es
posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo
feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi
infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier
otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su
hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido
tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones
ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando
ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a
esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida
del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no
consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya
he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo
explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio
suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba
en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los
ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren,
surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en
ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con
nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y
alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los
desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras
como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y
después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la
idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la
promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por
todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar
mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las
habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en
los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.