La Romana (1947). S
La Romana relata en primera persona la historia de Adriana, una bellísima muchacha de clase muy modesta . La madre ve en la belleza de su hija el mayor capital de que puede disponer y no tiene dudas de que con su ayuda podrán salir de las penurias económicas en que se ven sumidas. Por ello, todo su esfuerzo es conseguir que la belleza de Adriana las saque a flote. Así, consigue emplearla como modelo de un pintor . En casa del pintor Adriana toma contacto con Gisela que le presentará a Adriana la oportunidad de acabar para siempre con sus problemas económicos. Esa oportunidad es representada por Astarita, implacable funcionario fascista de día, pero sumiso y obediente amante de noche . Adriana conoce a Gino, chófer de una adinerada familia romana. A pesar de las advertencias de su madre y cegada por sus sentimientos y por las falsas promesas de Gino, Adriana acaba entregándose a él. La madre siente como si toda su fortuna se hubiera desvanecido . Y más cuando descubren la doble vida de Gino.
Este es uno de los momentos claves de la novela, pues es aquí cuando Adriana rompe con sus todos sus principios morales, como si el engaño de Gino hubiera minado su sólida base y éstos se hubieran desplomado bajo su propio peso. Profundamente sumida en la gran decepción que le han supuesto sus sueños de “chica decente”, inicialmente se comporta como un autómata, como si no fuera consciente de lo que hace o como si no fuera con ella. Pero pronto se da cuenta , surgiendo ante sus ojos una nueva perspectiva de la vida, de corte más existencialista. Así aparece transformada en una diosa del Amor. Todos estos cambios en la personalidad de Adriana son excepcionalmente descritos por Moravia, mostrándonos la volubilidad de nuestra ética. A partir de este momento, la trama se va complicando, aparecen nuevos personajes, como Mino, el estudiante comunista, o la viva expresión de la fuerza bruta encarnada en Sonzogno, que harán a Adriana cambiar de nuevo su enfoque sobre la vida. Para los enamorados de Roma la ciudad aparece retratada casi de pasada. Al igual que muchas otras de sus novelas, La Romana fue llevada al cine en los años 50, realizando la adaptación de la novela el propio Alberto Moravia. Adriana fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.
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La romana ( fragmento 2 )
A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.
La romana ( fragmento )
CAPÍTULO PRIMERO
A los diecisiete años, era yo una verdadera belleza. Tenía el rostro de un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos largos, grandes y dulces, la nariz recta en una sola línea con la frente, la boca grande, con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba dientes regulares y muy blancos. Mi madre decía que parecía una Virgen. Yo me di cuenta de que me parecía a una actriz de cine por entonces en boga, y comencé a peinarme como ella. Mi madre decía que si mi cara era hermosa cien veces más hermoso era mi cuerpo; un cuerpo como el mío, decía, no se encontraba en toda Roma. Entonces no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que la belleza estuviese toda en la cara, pero hoy puedo decir que mi madre tenía razón. Tenía las piernas derechas y fuertes, los flancos redondos, la espalda larga, estrecha a la cintura y ancha en los hombros. Tenía el vientre, como lo he tenido siempre, un poco grande, con el ombligo que casi no se veía, tan hundido estaba en la carne; pero mi madre decía que esta era una belleza más, porque el vientre debe ser prominente y no liso liso como hoy se usa. También el pecho lo tenía robusto, pero firme y alto, manteniéndose erguido sin necesidad de sostén; y también de mi pecho, cuando me lamentaba de que fuese demasiado grande, mi madre me decía que era una verdadera hermosura, y que el pecho de las mujeres, hoy en día, no valía nada. Desnuda, como más tarde hube de notar, era grande y llena, formada como una estatua; pero vestida parecía, por el contrario, una chicuela menuda y nadie hubiera
A los diecisiete años, era yo una verdadera belleza. Tenía el rostro de un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos largos, grandes y dulces, la nariz recta en una sola línea con la frente, la boca grande, con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba dientes regulares y muy blancos. Mi madre decía que parecía una Virgen. Yo me di cuenta de que me parecía a una actriz de cine por entonces en boga, y comencé a peinarme como ella. Mi madre decía que si mi cara era hermosa cien veces más hermoso era mi cuerpo; un cuerpo como el mío, decía, no se encontraba en toda Roma. Entonces no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que la belleza estuviese toda en la cara, pero hoy puedo decir que mi madre tenía razón. Tenía las piernas derechas y fuertes, los flancos redondos, la espalda larga, estrecha a la cintura y ancha en los hombros. Tenía el vientre, como lo he tenido siempre, un poco grande, con el ombligo que casi no se veía, tan hundido estaba en la carne; pero mi madre decía que esta era una belleza más, porque el vientre debe ser prominente y no liso liso como hoy se usa. También el pecho lo tenía robusto, pero firme y alto, manteniéndose erguido sin necesidad de sostén; y también de mi pecho, cuando me lamentaba de que fuese demasiado grande, mi madre me decía que era una verdadera hermosura, y que el pecho de las mujeres, hoy en día, no valía nada. Desnuda, como más tarde hube de notar, era grande y llena, formada como una estatua; pero vestida parecía, por el contrario, una chicuela menuda y nadie hubiera
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