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blogs de los alumnos ies joan miro

'Astral',de Jordi Évole y su equipo

 

 

 

"He ido al infierno y ahora espero ser libre": el tráiler de 'Astral', la primera película de Jordi Évole

Vuelve Salvados y lo hace con un estreno de cine. Jordi Évole y su equipo estrenan a partir del 12 de octubre 'Astral', la primera película de Salvados, a beneficio de ProActiva Open Arms, la ONG con la que han sido testigos del drama de los refugiados en aguas del Mediterráneo.

GABRIELA CAÑAS entrevista a Alberto Moravia ( un fragmento )









Pregunta. A usted le gusta mucho viajar.
Respuesta. Los viajes se basan en el exotismo. Se busca en otras partes lo que se cree que no se puede encontrar en casa. Por ejemplo, Stendhal estaba enfermo de exotismo italiano, y Merimee de exotismo español.
P. ¿El viaje es una fuente literaria o es una fuente de vida?
R. Es una fuente de vida.. nunca he escrito novelas sobre África, pero he hecho viajes bastante complicados. Por ejemplo, por dos veces he recorrido el río Congo. He hecho el viaje de Conrad en Corazón de Tinieblas, y el viaje de Gide, Voyage a Congo, pero no he escrito novelas sobre el Congo, sólo artículos. Todas mis, novelas se desarrollan en Roma y en sus alrededores.
P. ¿Es el viaje una evasión de la vida cotidiana?
R. No. No es una fuga, es un extrañamiento. Un viaje es un trauma, un choque. El viaje no es agradable. muchas veces lo desconocido es desagradable, pero a mí me sienta bien a la salud. Me divierto mucho, pero de una manera no turística. es como una prueba. por ejemplo, en Zaire tardé 16 horas de viaje para hacer 200 kilómetros. Dormí en el suelo o comí de lata, de pie, en la selva. Allí no hay hoteles, no hay gasolina, sólo existen los misioneros, que son pobres y viven en unas habitaciones rudimentarias.

CINE 2

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  • COMEDIA, DRAMA, MUSICAL
  • Fecha de estreno: 30 de Septiembre de 2016
  • Director: John Carney
  • Guión: John Carney
  • Reparto:
    Ferdia Walsh-Peelo, Kelly Thornton, Maria Doyle Kennedy, Jack Reynor, Aidan Gillen, Ian Kenny, Ben Carolan, Percy Chamburuka, Mark McKenna, Don Wycherley, Des Keogh, Kian Murphy, Dolores Mullally, Lucy Boynton, Marcella Plunkett, Vera Nwabuwe, Conor Hamilton, Karl Rice, Tony Doyle, Keith McErlean, Peter Campion.

  • Pais: Irlanda, Gran Bretaña, EE.UU.

CINE, CINE, CINE

 
 
 
 
 
 
 
Título original
El hombre de las mil caras
Año
Duración
123 min.
País
 España
Director
Guión
Alberto Rodríguez, Rafael Cobos (Libro: Manuel Cerdán)
Música
Julio de la Rosa
Fotografía
Alex Catalán
Reparto
, , , , , , , ,
Productora
Zeta Cinema / Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte
Género
Thriller | Basado en hechos reales. Biográfico. Espionaje. Años 70. Años 80

 

 

http://www.visitnorway.com

 

El Tren de Flåm

Esta ruta de ferrocarril le lleva hacia espectaculares cascadas, por dentro y por fuera de montañas nevadas, y termina en el fiordo Sognefjord.
El Tren de Flåm (Flåmsbana) serpentea desde Myrdal hasta Flåm 865 metros más abajo, enclavado en la esquina más interior del fiordo Aurlandfjord.

Todos los años, este emocionante trayecto ferroviario atrae a gente del mundo entero, lo que convierte al Tren de Flåm en una de las más importantes y espectaculares atracciones turísticas de Noruega.

Cascadas

El viaje en tren le permite apreciar algunos de los paisajes más agrestes y majestuosos de Noruega. Durante este trayecto de 20 kilómetros verá ríos que cruzan profundos barrancos, saltos de agua precipitándose en cascada desde las pendientes, montañas con cimas nevadas y granjas de montaña que se aferran vertiginosamente a las escarpadas laderas.

Anna Magnani y Pasolini

Mamma Roma es una película italiana dramática de 1962 escrita y dirigida por Pier Paolo Pasolini y protagonizada por Anna Magnani.

Alberto Moravia : Cuentos romanos : Las bromas del calor ( fragmento)


Al llegar el verano, quizás porque aún soy joven y no me he adaptado aún al hecho de ser marido y padre de familia, me entran siempre ganas de es­capar. En verano, en las casas de los ricos, se cierran las ventanas por la mañana, y el aire fresco de la noche per­manece en las habitaciones amplias y oscuras, donde, en la penumbra, brillan espejos, suelos de mármol, muebles brillantes de cera. Todo está en su sitio, todo es limpio, ordenado, nítido; hasta el silencio es un silencio fresco, sedante, oscuro. Y luego, si tienes sed, te traen una bue­na bebida helada en una bandeja, una naranjada, una li­monada, dentro de un vaso de cristal donde los cubitos de hielo, al removerlos, hacen un ruido alegre que por sí solo te refresca. Pero en las casas de los pobres las cosas son muy distintas. Con el primer día de calor el bochor­no entra en tus cuartitos sin ventilación y ya no se vuelve a ir. Quieres beber y del grifo, en la cocina, sale un agua caliente que parece caldo. En casa no te puedes mover: parece como si todo, muebles, vestidos, utensilios, se hu­biera hinchado y se te cayera encima. Todos están en mangas de camisa, pero las camisas están sudadas y apes­tan. Si cierras las ventanas, te ahogas, porque el aire de la noche no ha conseguido entrar en esas dos o tres habita­ciones donde duermen seis personas; si las abres, el sol te inunda y te parece estar en la calle, y todo sabe a metal hirviente, a sudor y a polvo. Con el calor, incluso los caracteres se calientan, quiero decir que se vuelven penden­cieros; pero el rico, si le da por ahí, coge y se va al fondo del piso, tres habitaciones más allá; los pobres, en cam­bio, se quedan ante los platos grasientos y los vasos su­cios, cara a cara; o bien tienen que irse de casa.

Uno de esos días, tras haber tenido una buena bronca con toda mi familia, o sea con mi mujer porque la sopa estaba salada e hirviendo, con mi cuñado porque se ponía de parte de mi mujer y, en mi opinión, no tenía derecho porque está parado y vive a mi costa, con mi cuñada por­que me defendía y eso me fastidiaba, porque sabía que lo hacía por coquetería, pues está enamorada de mí, con mi madre porque trataba de calmarme, con mi padre porque protestaba diciendo que quería comer en paz, e incluso con la niña, porque había estallado en llanto, de pronto me levanté, cogí la chaqueta de la silla y dije sencilla­mente:
—¿Sabéis lo que os digo? Me jorobáis todos. Hasta la vista, en octubre, cuando venga el fresco.
Y salí de casa. Mi mujer, pobrecita, me siguió y, aso­mándose a la barandilla de la escalera, me gritó que había ensalada de pepinos, que me gusta mucho. Le contesté que se la comiera ella y bajé a la calle.
Vivimos en la vía Ostiense1. La atravesé y, maquinalmente, me fui hasta el puente de hierro, donde está el puerto fluvial de Roma. Eran las dos, la hora más cálida de la jornada, con un cielo de siroco, lívido, que parecía un ojo amoratado por un puñetazo. Cuando llegué al puente, me apoyé en el pretil de hierro claveteado: que­maba. El Tíber, encajonado entre los muelles, al fondo de los murallones oblicuos, parecía, con su color fango­so, una cloaca al aire libre. Él gasómetro, que parece un esqueleto después de un incendio, los altos hornos de la fábrica del gas, las torres de los silos, las tuberías de los depósitos de petróleo...............

Alberto Moravia : La romana ( fragmento)

 Al igual que muchas otras de las novelas de Alberto Moravia , La Romana fue llevada al cine en los años 50, realizando su adaptación  el propio Alberto Moravia.
 Adriana, la protagonista,  fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.





A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.





VIAJE A SENEGAL Y GAMBIA VIATGE A SENEGAL I GAMBIA VOYAGE AU SÉNÉGAL ET LA GAMBIE VOYAGE TO SENEGAL AND GAMBIA . PROGRAMME D’UN CIRCUIT ECOTOURISTIQUE DE 08 A 15 JOURS a SENEGAL ET GAMBIE e-mail :diame_boune@yahoo.fr Tel : 00221776105987 skype mamadou.diame4 ...https://www.facebook.com/mamadou.diame.98





Hola,
Mi nombre es Daniel Kehm y trabajo en el distrito de las escuelas públicas de Denver. La razón por la que le escribo este mensaje es porque tras preguntarle sobre posibles candidatos para trabajar en Denver, Alberto de visalista.com me facilitó esta dirección de correo electrónico.
El distrito ofrece la opción de visados en aquellos casos en los que los docentes requieren las destrezas requeridas para el puesto. Dado el gran crecimiento de Denver, en la actualidad se necesitan unos 800 docentes con conocimientos de español para impartir todo tipo de materias.
Si usted o cualquier otro docente está interesado en solicitar trabajo en el distrito de Denver, este es el enlace:

http://careers.dpsk12.org/
Simplemente haga clic en "Visit DPS Job Boards" en el lado derecho y cree su perfil. En caso de que surja cualquier cuestión con la aplicación puede escribirme a mi correo daniel_kehm@dpsk12.org. Hacia el final de la solicitud puede incluir también mi nombre sobre cómo conoció la opción de trabajar en nuestro distrito. He adjuntado imágenes de las pantallas para que le sea más sencillo seguir el proceso.

Viaje a BATUMI - GEORGIA ( enviado por Iván )






DOCUMENTACION
Para entrar en Georgia el visitante de la UE debe disponer de pasaporte y visado. El Ministerio español de Asuntos Exteriores recomienda a los españoles solicitarlo en la Embajada de Georgia en Moscú, Berlín o París, o en el mismo aeropuerto de la ciudad de Tiflis, pues este país no dispone de Embajada en España.

El importe del visado puede variar de una embajada a otra, e irá en función del tiempo de estancia en el país y de la antelación con que se solicite. A la hora de solicitar el visado, también deberán detallarse la intención del viaje, los lugares de estancia y las rutas que se seguirán. Ello se debe a que en Georgia existen lugares de acceso restringido a los extranjeros, como el territorio de Abjasia, Osetia del Sur, la zona fronteriza con Rusia y la frontera con terceros países, excepto los lugares de tránsito autorizados.

La Embajada de la República de Georgia en París se encuentra en:
Avenida Raymond Poincaré, 104
París 75116
Teléfono: 33 145021616.

Alberto Moravia : La romana, capítulo I








A los diecisiete años, era yo una verdadera belleza. Tenía el rostro de un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos largos, grandes y dulces, la nariz recta en una sola línea con la frente, la boca grande, con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba dientes regulares y muy blancos. Mi madre decía que parecía una Virgen. Yo me di cuenta de que me parecía a una actriz de cine por entonces en boga, y comencé a peinarme como ella. Mi madre decía que si mi cara era hermosa cien veces más hermoso era mi cuerpo; un cuerpo como el mío, decía, no se encontraba en toda Roma. Entonces no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que la belleza estuviese toda en la cara, pero hoy puedo decir que mi madre tenía razón. Tenía las piernas derechas y fuertes, los flancos redondos, la espalda larga, estrecha a la cintura y ancha en los hombros. Tenía el vientre, como lo he tenido siempre, un poco grande, con el ombligo que casi no se veía, tan hundido estaba en la carne; pero mi madre decía que esta era una belleza más, porque el vientre debe ser prominente y no liso liso como hoy se usa. También el pecho lo tenía robusto, pero firme y alto, manteniéndose erguido sin necesidad de sostén; y también de mi pecho, cuando me lamentaba de que fuese demasiado grande, mi madre me decía que era una verdadera hermosura, y que el pecho de las mujeres, hoy en día, no valía nada. Desnuda, como más tarde hube de notar, era grande y llena, formada como una estatua; pero vestida parecía, por el contrario, una chicuela menuda y nadie hubiera

Alberto Moravia : Cuentos romanos . El rorro 2

Un día que mi mujer andaba de mal humor le dijo la verdad a aquella buena señora que nos traía la ayuda de la Sociedad Asistencial de Roma y que no dejaba de preguntarnos por qué traíamos tantos hijos al mundo: “Si tuviéramos dinero, en la noche iríamos al cine… Pero como no lo tenemos, nos vamos a la cama y así nacen los hijos”. La señora se sintió ofendida al oír tales palabras y se fue sin decir nada. Yo regañé a mi mujer porque no es bueno decir siempre la verdad, y antes de decirla uno debe saber con quién trata. Cuando era joven, antes de casarme, a veces me entretenía leyendo la nota roja del periódico de Roma, en la que cuentan todas las desgracias que le pueden suceder a la gente, como robos, asesinatos, suicidios, accidentes callejeros. Y de entre todas estas desgracias, la única que me parecía imposible que pudiera pasarme, era la de convertirme en lo que el periódico llamaba “un caso piadoso”, es decir una persona tan desgraciada que inspira compasión sin que le haya ocurrido ninguna desgracia en especial, sino así nomás, por el solo hecho de existir. Era joven, como ya he dicho, y aún no sabía lo que significa mantener a una familia numerosa. Pero ahora, con asombro, veo que poco a poco me he convertido en un verdadero “caso piadoso”. Leía, por ejemplo: viven en la más negra de las miserias. Bien, yo vivo ahora en la más negra de las miserias. O bien: viven en casas que de casa sólo tienen el nombre. Bien, yo vivo en Tormarancio, con mi mujer y seis hijos en un solo cuarto y, cuando llueve, el agua va y viene por todas partes . En otra ocasión: mi esposa, infeliz, cuando supo que estaba embarazada, tomó una decisión criminal: deshacerse del fruto de su amor. Pues bien, de común acuerdo tomamos esta decisión, mi mujer y yo, al descubrir que estaba embarazada por séptima vez. En fin, decidimos abandonar a la criatura en una iglesia, tan pronto como lo permitiera el clima, confiándola a la caridad del primero que la encontrara. Mi mujer gracias a la intercesión de esas buenas señoras, se fue a parir en el hospital y, luego, apenas se sintió mejorada, regresó a Tormarancio con el nene. Al entrar al cuarto, me dijo: “¿Me creerías que, a pesar de que un hospital es un hospital, me hubiera gustado quedarme ahí con tal de no regresar nunca?”Era un nene hermoso y robusto, con un galillo muy fuerte; así que por la noche, cuando se despertaba y comenzaba a llorar, ya no dejaba dormir a nadie. Cuando llegó el mes de mayo y el aire se puso bastante tibio como para andar en la calle sin abrigo, salimos de Tormarancio y nos fuimos a Roma. Mi mujer cargaba al nene apretándolo contra su pecho, envuelto en un montón de trapos, como si fuera a dejarlo en un campo cubierto de nieve. Al entrar a la ciudad, tal vez para demostrar que no le dolía, empezó a hablar sin darse punto de reposo, alterada, jadeante, con los cabellos al aire y los ojos desorbitados. A veces hablaba de todas las iglesias donde podíamos dejarlo, haciendo hincapié en que debía ser una iglesia frecuentada por gente rica, porque si lo recogía alguien tan pobre como nosotros, más valía quedarnos con él; en otras me decía que era preferible una iglesia dedicada a la Virgen, porque la Virgen también había tenido un hijo, y podía entender ciertas cosas y le concedería su deseo. Su modo de hablar me cansaba y me ponía histérico, pues yo también estaba mortificado y me inquietaba lo que estaba haciendo, pero me repetía que era necesario no perder la cabeza, mostrarme sereno y animarla. Hice alguna objeción, al menos para interrumpir aquel río de palabras, y luego propuse: “Una idea… ¿Qué tal si lo dejamos en la Basílica de San Pedro?” Ella se quedó pensando un instante, luego repuso: “No, ésa es más bien una plaza de armas… ni siquiera lo verían… Prefiero hacer la prueba en una iglesia chiquita que está en la calle Condotti, donde están todas esas tiendas elegantes… Allí va mucha gente rica. Ése es el lugar”.Tomamos el autobús y, viéndose entre tanta gente, por fin se calló. De vez en cuando envolvía al nene de nuevo, apretado entre su cobijita, o le descubría el rostro, con precaución, para mirarlo. El nene dormía, con su carita blanca y chapeteada, hundida entre los trapos. Estaba mal vestido, como nosotros. Lo único bueno que llevaba eran sus guantitos de lana azul, y tenía las manitas , fuera, bien abiertas, como si los presumiera. Nos bajamos en la plazoleta Goldoni, y de inmediato mi mujer reinició con su parloteo. Se detuvo frente al escaparate de un joyero y, mostrándome las joyas expuestas en repisitas forradas de terciopelo rojo, me dijo: “Mira cuánta belleza… La gente viene a esta calle a comprar joyas y puras cosas bonitas… Aquí no vienen los pobres… Entre tienda y tienda van a rezar un rato a la iglesia… Tienen buena disposición… Ven al nene y se lo llevan”.Decía esto mirando las joyas, apretando al nene contra su pecho, con los ojos de par en par, como si hablara para sí misma. Yo no tuve el valor de contradecirla. Entramos a la iglesia. Era pequeña, pintada de color amarillo, jaspeado, como si fuera de mármol, con muchas capillas y el altar mayor. Mi mujer dijo que la recordaba distinta, y que ahora, viéndola bien, no le gustaba ni tantito. Pero mojó los dedos en el agua bendita y se santiguó. Después, con el nene en brazos, comenzó a recorrer lentamente la iglesia, examinándola con una actitud descontentadiza y desconfiada. De la cúpula, a través de las lumbreras, caía una luz fría pero clara. Mi mujer iba de capilla en capilla, mirándolo todo: bancas, altares, cuadros, para ver si era el caso de dejar ahí al nene. Yo caminaba detrás de ella, a una cierta distancia, sin perder de vista la entrada. Entró de repente una señorita alta, vestida de rojo, de cabellos rubios como el oro. Se arrodilló, forzando la estrechez de su falda, rezó tal vez ni siquiera un minuto, se persignó y salió sin mirarnos. Mi mujer, que había visto todo, me dijo de pronto: “No, no me gusta… Aquí viene gente como esa señorita, que tiene prisa de divertirse y ver tiendas. Vámonos”. Y diciendo esto, salió de la iglesia. Remontamos un buen trecho por el Corso, siempre corriendo, mi mujer adelante y yo tras ella. Cerca de la Plaza Venecia entramos en otra iglesia. Ésta era más grande que la otra, muy oscura, llena de telas, doraderas y vitrinas abarrotadas de corazones de plata que brillaban en la oscuridad. Había mucha gente y, a ojo de buen cubero, consideré que se trataba de gente adinerada; las señoras con sombrero, los hombres bien vestidos. Un sacerdote manoteaba desde el púlpito, predicando. Todo mundo estaba de pie, mirando hacia él, y pensé que eso era bueno porque nadie nos observaría. Le dije a mi mujer, en voz muy baja: “¿Quieres que lo dejemos aquí?” Me dijo que sí, a señas. Nos dirigimos hacia una de las capillas laterales, muy oscura; no había nadie y casi no se veía. Mi mujer cubrió el rostro del nene con una punta de la cobija que lo abrigaba y luego lo dejó sobre una silla, tal y como se deja un bulto estorboso, para sentirse más libre. Luego se arrodilló y estuvo rezando un largo rato, con la cara entre las manos, mientras yo, sin saber qué hacer, miraba los cientos y cientos de corazones de plata de todos los tamaños, que tapizaban las paredes de la capilla. Finalmente mi mujer se puso de pie, cariacontecida; se persignó y, paso a paso, se alejó de la capilla, y yo tras ella, a cierta distancia. En ese momento, el predicador gritaba: “Y Jesús dijo: ¡Pedro!, ¿adónde vas?” Lo percibí de inmediato, porque me pareció que me lo preguntaba a mí. Pero cuando mi mujer se disponía a apartar la cortina para salir, una voz nos hizo brincar a los dos: “Señora, dejó un paquete en la silla”. Era una mujer vestida de negro, una de esas beatas que se pasan todo el santo día entre la iglesia y la sacristía. “Es cierto”, dijo mi mujer, “gracias… Se me olvidaba”. En fin, recogimos el bulto y salimos de la iglesia más muertos que vivos. Ya fuera de la iglesia, mi mujer dijo: “Nadie quiere a mi pobre hijo”, más o menos como un vendedor que piensa vender pronto la mercancía y luego ve que en todo el mercado no hay nadie que se interese por ella. Mientras tanto, ella había empezado a correr de nuevo, con su modo enajenado, casi sin tocar el suelo con los pies. Fuimos a dar a la Plaza de los Santos Apóstoles. La iglesia estaba abierta y, tan pronto como entramos, al verla tan grande, tan espaciosa y oscura, mi mujer me susurró al oído: “Esto es lo que necesitamos”. Caminó decididamente hacia una capilla lateral, dejó al nene sobre una banca y, como sí el pavimento le quemara los pies, sin persignarse, sin rezar, sin siquiera darle un beso en la frente, se alejó de prisa hacia el portón de la iglesia. Pero sólo había dado unos cuantos pasos cuando la iglesia retumbó con un llanto desesperado: era la hora de mamar, y el nene, puntual, lloraba porque tenía hambre. Quizás mi mujer perdió la cabeza al oír un llanto tan fuerte. Primero corrió hacia la puerta, luego volvió sobre sus pasos, siempre corriendo, y, sin ponerse a pensar dónde estaba, se sentó en una banca, tomó al nene en brazos y se desabrochó para darle el pecho. Pero no acababa de sacarse completamente el pecho —que el niño, como un verdadero lobo, agarró a dos manos, callándose al instante—, cuando una voz grosera comenzó a gritar: “Esas cosas no se hacen en la casa de Dios. ¡Fuera, fuera! ¡A la calle!”Era el sacristán; un viejito con barbita blanca, y con una voz más grande que él. Mi mujer le dijo, levantándose y cubriendo lo mejor que pudo la cabeza del nene y el pecho: “La Virgen, sin embargo, en los cuadros siempre tiene a un niño en brazos”. El sacristán le respondió: “Y tú quisieras ser como la Virgen. ¡Presuntuosa!” Basta. Salimos de la iglesia y fuimos a sentarnos en el jardín de la Plaza Venecia; allí mi mujer le dio el pecho al nene hasta que éste se hartó y se durmió de nuevo. Ya era de noche. Estaban cerrando las iglesias y estábamos muy cansados, como idiotas, sin que se nos ocurriera nada. Me desesperaba el hecho de tener que pensar en algo que no tenía ganas de hacer, y le dije: “Mira, ya es tarde y no aguanto más. Tenemos que decidirnos”. Ella me contestó, con amargura: “Pero es tu sangre… ¿Quieres abandonarlo en cualquier esquina así nomás, como si fuera el cucurucho de tripas para los gatos?” Le dije: “¡Claro que no! Pero ciertas cosas se hacen pronto, sin pensarlo mucho, o nunca se hacen”. Y ella: “Lo que pasa es que tienes miedo de que me arrepienta y me lo lleve otra vez a casa… ¡Ustedes los hombres son unos cobardes!” Comprendí que no debía contradecirla en esos momentos y le contesté con moderación: “Te comprendo, no te apures… Pero date cuenta de que por muy mal que le vaya, siempre le irá mejor que si crece en Tormarancio, en un cuarto sin excusado ni cocina, entre las cucarachas en invierno y las moscas en verano”. Esta vez, ella no dijo nada. Sin saber adónde ir, tomamos por la calle Nazionale, recorriéndola hasta la Torre de Nerón. Poco más adelante, vi una callecita que subía, totalmente desierta, con un coche gris, cerrado, parado frente a un portón. Tuve una idea: fui hacia el coche, moví una de las manijas y la portezuela se abrió. Le dije a mi mujer: “¡Pronto, éste es el momento…! Déjalo en el asiento trasero”. Obedeciendo, ella dejó al nene bien acomodado en los asientos posteriores, y luego cerré la portezuela. Hicimos todo esto en un instante, sin que nadie nos viera. Luego la tomé del brazo y nos alejamos corriendo hacia la Plaza del Quirinal. La plaza estaba desierta y casi a oscuras, con pocos faroles encendidos bajo los palacios y todas las luces de Roma brillando en la noche, tras los parapetos. Mi mujer se acercó a la fuente bajo el obelisco, se sentó en una banca y de pronto empezó a llorar, agachada, dándome la espalda. Le dije: “¿Y ahora qué te pasa?” Y ella: “Ahora que lo he abandonado, siento que me falta… Que me falta algo aquí, en el pecho, donde se me colgaba… ”Le dije, por no dejar: “Bueno, es natural. Pero ya se te pasará”. Se alzó de hombros y siguió llorando. Luego, de repente, se le secó el llanto como se seca la lluvia en la calle cuando sopla el viento. Se levantó, furiosa, y dijo, señalando uno de los palacios: “¡Ahora mismo entro ahí y hago que me reciba el rey y le cuento todo!” “¡Detente!”, le grité, jalándola de un brazo, “estás loca. ¿Qué no sabes que ya no hay rey?” Y ella: “¿Y eso a mí qué me importa? ¡Voy a hablar con el que se quedó en su lugar! Alguien ha de estar”. En fin, ella corría ya hacia el portón, y no quiero ni imaginar el escándalo que habría armado si yo no le hubiera dicho de pronto, desesperado: “¡Óyeme…! Cambié de idea… Regresemos al coche nos llevamos al nene… Quiero decir que nos quedamos con él… Al fin y al cabo, da lo mismo uno más que uno menos…” Esta idea, que era la principal, suplantó inmediatamente a la de hablar con el rey. “¿Crees que esté ahí todavía?”, dijo, mientras se encaminaba rápidamente hacia la callecita donde estaba el coche gris. “Claro que sí”, le contesté. “No han pasado ni cinco minutos”.En efecto, el coche aún estaba ahí; pero en el preciso momento en que mi mujer se disponía a abrir la portezuela, un hombre maduro, chaparro, con pinta de autoritario, salió del portón, gritando: “ ¡Quieta, quieta! ¿Qué busca en mi coche?” “¡Busco algo que es mío!”, respondió mi mujer sin voltear a verlo y agachándose para recoger el bulto con el nene que estaba en el asiento, pero el otro insistía: “¿Pero qué es lo que se lleva? ¡Este coche es mío, mío! ¡No entiende?”. Hubieran visto a mi mujer. Irguiéndose, lo embistió de esta manera: “¡Pero quién te quita nada! No tengas miedo, nadie te quita nada. ¡Mira cómo escupo tu coche!” Y, dicho y hecho, le escupió la portezuela. “Pero ese bulto… ”, siguió diciendo el hombre, asombradísimo. Y ella: “No es un bulto… Es mi hijo… ¡Mira!”.Le destapó la cara al nene, mostrándoselo, y agregó: “Tú, ni naciendo otra vez, podrás tener con tu mujer un nene tan bonito como éste… ¡Y no te atrevas a ponerme las manos encima, porque grito y llamo a los policías y les digo que querías robarme a mi hijo!”. En fin, le dijo tantas cosas, que al pobre hombre, con la cara roja y la boca abierta, por poco y le da un ataque. Finalmente, sin prisa alguna, se alejó del coche y me alcanzó en la esquina de la calle.


Película Palermo o Wolfsburg de Werner Schroeter



Lo primero que llama la atención es la austeridad casi documental con que Schroeter encara la parte inicial del relato, ambientada en un pequeño y paupérrimo pueblo de Sicilia. Con intérpretes no profesionales y cámara en mano –en un estilo que recuerda al de Pasolini– Schroeter va dando una visión bucólica de esa gente y su tierra, de sus ritos y tradiciones, pero no deja de señalar la miseria y falta de trabajo que los empuja a emigrar a Alemania. Con el viaje de Nicola hacia Wolfsburg, donde está ubicada la fábrica automotriz Wolkswagen, se inicia la segunda parte, tremendamente crítica para con la sociedad alemana, en donde Schroeter va descubriendo paulatinamente signos de indiferencia, violencia y racismo. La tercera y última parte de Desarraigo se concentra en el juicio al que Nicola es sometido, acusado de asesinar a dos hombres. Aquí, poco a poco Schroeter se va desprendiendo del tono realista que imprimió a las dos primeras partes del film y recurre a una puesta en escena operística. 

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Alberto Moravia . Escritor


Cuentos romanos : el rorro ( Verónica )

Cuentos romanos : el rorro     (  Verónica )
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