GABRIELA CAÑAS entrevista a Alberto Moravia ( un fragmento )
Pregunta. A usted le gusta mucho viajar.
Respuesta. Los viajes se basan en el exotismo. Se busca en otras partes lo que se cree que no se puede encontrar en casa. Por ejemplo, Stendhal estaba enfermo de exotismo italiano, y Merimee de exotismo español.
P. ¿El viaje es una fuente literaria o es una fuente de vida?
R. Es una fuente de vida.. nunca he escrito novelas sobre África, pero he hecho viajes bastante complicados. Por ejemplo, por dos veces he recorrido el río Congo. He hecho el viaje de Conrad en Corazón de Tinieblas, y el viaje de Gide, Voyage a Congo, pero no he escrito novelas sobre el Congo, sólo artículos. Todas mis, novelas se desarrollan en Roma y en sus alrededores.
P. ¿Es el viaje una evasión de la vida cotidiana?
R. No. No es una fuga, es un extrañamiento. Un viaje es un trauma, un choque. El viaje no es agradable. muchas veces lo desconocido es desagradable, pero a mí me sienta bien a la salud. Me divierto mucho, pero de una manera no turística. es como una prueba. por ejemplo, en Zaire tardé 16 horas de viaje para hacer 200 kilómetros. Dormí en el suelo o comí de lata, de pie, en la selva. Allí no hay hoteles, no hay gasolina, sólo existen los misioneros, que son pobres y viven en unas habitaciones rudimentarias.
CINE 2
- COMEDIA, DRAMA, MUSICAL
-
Fecha de estreno:
30 de Septiembre de 2016
-
Director:
John Carney
-
Guión:
John Carney
-
Reparto:
Ferdia Walsh-Peelo, Kelly Thornton, Maria Doyle Kennedy, Jack Reynor, Aidan Gillen, Ian Kenny, Ben Carolan, Percy Chamburuka, Mark McKenna, Don Wycherley, Des Keogh, Kian Murphy, Dolores Mullally, Lucy Boynton, Marcella Plunkett, Vera Nwabuwe, Conor Hamilton, Karl Rice, Tony Doyle, Keith McErlean, Peter Campion.
- Pais: Irlanda, Gran Bretaña, EE.UU.
CINE, CINE, CINE
- Título original
- El hombre de las mil caras
- Año
- 2016
- Duración
- 123 min.
- País
- España
- Director
- Alberto Rodríguez
- Guión
- Alberto Rodríguez, Rafael Cobos (Libro: Manuel Cerdán)
- Música
- Julio de la Rosa
- Fotografía
- Alex Catalán
- Reparto
- Eduard Fernández, José Coronado, Carlos Santos, Marta Etura, Emilio Gutiérrez Caba, Luis Callejo, Tomás del Estal, Israel Elejalde, Pedro Casablanc
- Productora
- Zeta Cinema / Atresmedia Cine / Atípica Films / Sacromonte
- Género
- Thriller | Basado en hechos reales. Biográfico. Espionaje. Años 70. Años 80
ERASMUS EN PRAGA -REPUBLICA CHECA
- ERASMUS EN PRAGA
- Página web de la universidad: http://www.cvut.cz/en/
- Página web del club ISC: http://isc.cvut.cz/en/index.php?menu=1
- Student Survival Guide: http://web.cvut.cz/en/ctu/international/guide/index.htm
- Lonely Planet guide: http://www.lonelyplanet.com/destinations/europe/czech_republic/
- Travel Guide: http://www.czechsite.com/
http://www.visitnorway.com
El Tren de Flåm
Esta
ruta de ferrocarril le lleva hacia espectaculares cascadas, por dentro y
por fuera de montañas nevadas, y termina en el fiordo Sognefjord.
El Tren de Flåm (Flåmsbana) serpentea desde Myrdal hasta Flåm 865 metros más abajo, enclavado en la esquina más interior del fiordo Aurlandfjord.Todos los años, este emocionante trayecto ferroviario atrae a gente del mundo entero, lo que convierte al Tren de Flåm en una de las más importantes y espectaculares atracciones turísticas de Noruega.
Cascadas
El viaje en tren le permite apreciar algunos de los paisajes más agrestes y majestuosos de Noruega. Durante este trayecto de 20 kilómetros verá ríos que cruzan profundos barrancos, saltos de agua precipitándose en cascada desde las pendientes, montañas con cimas nevadas y granjas de montaña que se aferran vertiginosamente a las escarpadas laderas.Anna Magnani y Pasolini
Mamma Roma es una película italiana dramática de 1962 escrita y dirigida por Pier Paolo Pasolini y protagonizada por Anna Magnani.
Alberto Moravia : Cuentos romanos : Las bromas del calor ( fragmento)
Al llegar el verano, quizás porque aún soy joven y no me he adaptado aún al hecho de ser marido y padre de familia, me entran siempre ganas de escapar. En verano, en las casas de los ricos, se cierran las ventanas por la mañana, y el aire fresco de la noche permanece en las habitaciones amplias y oscuras, donde, en la penumbra, brillan espejos, suelos de mármol, muebles brillantes de cera. Todo está en su sitio, todo es limpio, ordenado, nítido; hasta el silencio es un silencio fresco, sedante, oscuro. Y luego, si tienes sed, te traen una buena bebida helada en una bandeja, una naranjada, una limonada, dentro de un vaso de cristal donde los cubitos de hielo, al removerlos, hacen un ruido alegre que por sí solo te refresca. Pero en las casas de los pobres las cosas son muy distintas. Con el primer día de calor el bochorno entra en tus cuartitos sin ventilación y ya no se vuelve a ir. Quieres beber y del grifo, en la cocina, sale un agua caliente que parece caldo. En casa no te puedes mover: parece como si todo, muebles, vestidos, utensilios, se hubiera hinchado y se te cayera encima. Todos están en mangas de camisa, pero las camisas están sudadas y apestan. Si cierras las ventanas, te ahogas, porque el aire de la noche no ha conseguido entrar en esas dos o tres habitaciones donde duermen seis personas; si las abres, el sol te inunda y te parece estar en la calle, y todo sabe a metal hirviente, a sudor y a polvo. Con el calor, incluso los caracteres se calientan, quiero decir que se vuelven pendencieros; pero el rico, si le da por ahí, coge y se va al fondo del piso, tres habitaciones más allá; los pobres, en cambio, se quedan ante los platos grasientos y los vasos sucios, cara a cara; o bien tienen que irse de casa.
Uno de esos días, tras haber tenido una buena bronca con toda mi familia, o sea con mi mujer porque la sopa estaba salada e hirviendo, con mi cuñado porque se ponía de parte de mi mujer y, en mi opinión, no tenía derecho porque está parado y vive a mi costa, con mi cuñada porque me defendía y eso me fastidiaba, porque sabía que lo hacía por coquetería, pues está enamorada de mí, con mi madre porque trataba de calmarme, con mi padre porque protestaba diciendo que quería comer en paz, e incluso con la niña, porque había estallado en llanto, de pronto me levanté, cogí la chaqueta de la silla y dije sencillamente:
—¿Sabéis lo que os digo? Me jorobáis todos. Hasta la vista, en octubre, cuando venga el fresco.
Y salí de casa. Mi mujer, pobrecita, me siguió y, asomándose a la barandilla de la escalera, me gritó que había ensalada de pepinos, que me gusta mucho. Le contesté que se la comiera ella y bajé a la calle.
Vivimos en la vía Ostiense1. La atravesé y, maquinalmente, me fui hasta el puente de hierro, donde está el puerto fluvial de Roma. Eran las dos, la hora más cálida de la jornada, con un cielo de siroco, lívido, que parecía un ojo amoratado por un puñetazo. Cuando llegué al puente, me apoyé en el pretil de hierro claveteado: quemaba. El Tíber, encajonado entre los muelles, al fondo de
los murallones oblicuos, parecía, con su color fangoso, una cloaca al
aire libre. Él gasómetro, que parece un esqueleto después de un
incendio, los altos hornos de la fábrica del gas, las torres de los silos, las tuberías de los depósitos de petróleo...............
Alberto Moravia : La romana ( fragmento)
Al igual que muchas otras de las novelas de Alberto Moravia , La Romana fue llevada al cine
en los años 50, realizando su adaptación el propio Alberto
Moravia.
Adriana, la protagonista, fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.
A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.
Adriana, la protagonista, fue perfectamente representada por Gina Lollobrigida.
A veces, oyendo aquellas músicas, llegaba a llorar por la amargura de sentirme excluida. Entonces era muy sentimental y cualquier cosa, una desatención de una amiga, un reproche de mi madre, una escena conmovedora en el cine, bastaba para hacerme derramar unas lágrimas. Es posible que nunca hubiera experimentado ese sentimiento de un mundo feliz y prohibido si mi madre no me hubiera mantenido
durante mi infancia tan alejada de aquel parque de atracciones como de cualquier otra diversión. Pero la viudez de mi madre, su pobreza y, sobre todo, su hostilidad para con las distracciones de las que su suerte había sido tan avara, no me permitieron poner los pies en el parque de atracciones ni en ningún otro lugar de
diversión hasta mucho más tarde, cuando ya era muchacha y mi carácter estaba formado. Probablemente se debe a esto que toda la vida haya experimentado una sospecha de estar excluida del mundo alegre y brillante de la felicidad. Sospecha de la que no consigo liberarme en ningún momento, ni siquiera cuando estoy segura
de ser feliz.
Ya he dicho que entonces pensaba sobre todo en casarme y ahora puedo explicar cómo se me ocurría este pensamiento. La calle del barrio suburbano en la que se alzaba nuestra casa penetraba un poco más arriba en una zona menos pobre. En vez de las alargadas y bajas casas de los ferroviarios que parecían cansados y polvorientos vagones de tren, surgían numerosos chalets rodeados de jardines. No eran lujosos, pues en ellos habitaban empleados y pequeños comerciantes, pero, comparados con nuestra sórdida casa, daban la sensación de una vida más desahogada y alegre. Ante todo, eran distintos el uno del otro y no mostraban los desconchados, los renegridos y las grietas que en mi casa y en las otras como la mía hacían pensar en un antiguo desamor de sus habitantes, y después, los pequeños pero espesos jardines que los rodeaban sugerían la idea de una celosa intimidad, apartada de la confusión y de la promiscuidad de la calle. En cambio, en mi casa la calle estaba por todas partes: en el amplio zaguán, que parecía un almacén para guardar mercancías, en la escalera ancha, sucia y desnuda, y hasta en las habitaciones cuyos muebles desvencijados y amontonados hacían pensar en los ropavejeros que, para venderlos, los exponen así en las aceras.
VIAJE A SENEGAL Y GAMBIA VIATGE A SENEGAL I GAMBIA VOYAGE AU SÉNÉGAL ET LA GAMBIE VOYAGE TO SENEGAL AND GAMBIA . PROGRAMME D’UN CIRCUIT ECOTOURISTIQUE DE 08 A 15 JOURS a SENEGAL ET GAMBIE e-mail :diame_boune@yahoo.fr Tel : 00221776105987 skype mamadou.diame4 ...https://www.facebook.com/mamadou.diame.98
Mi nombre es Daniel Kehm y trabajo en el distrito de las escuelas públicas de Denver. La razón por la que le escribo este mensaje es porque tras preguntarle sobre posibles candidatos para trabajar en Denver, Alberto de visalista.com me facilitó esta dirección de correo electrónico.
El distrito ofrece la opción de visados en aquellos casos en los que los docentes requieren las destrezas requeridas para el puesto. Dado el gran crecimiento de Denver, en la actualidad se necesitan unos 800 docentes con conocimientos de español para impartir todo tipo de materias.
Si usted o cualquier otro docente está interesado en solicitar trabajo en el distrito de Denver, este es el enlace:
http://careers.dpsk12.org/
Simplemente haga clic en "Visit DPS Job Boards" en el lado derecho y cree su perfil. En caso de que surja cualquier cuestión con la aplicación puede escribirme a mi correo daniel_kehm@dpsk12.org. Hacia el final de la solicitud puede incluir también mi nombre sobre cómo conoció la opción de trabajar en nuestro distrito. He adjuntado imágenes de las pantallas para que le sea más sencillo seguir el proceso.http://careers.dpsk12.org/
Viaje a BATUMI - GEORGIA ( enviado por Iván )
DOCUMENTACION
Para entrar en Georgia el visitante de la UE debe disponer de pasaporte y visado. El Ministerio español de Asuntos Exteriores recomienda a los españoles solicitarlo en la Embajada de Georgia en Moscú, Berlín o París, o en el mismo aeropuerto de la ciudad de Tiflis, pues este país no dispone de Embajada en España.
El importe del visado puede variar de una embajada a otra, e irá en función del tiempo de estancia en el país y de la antelación con que se solicite. A la hora de solicitar el visado, también deberán detallarse la intención del viaje, los lugares de estancia y las rutas que se seguirán. Ello se debe a que en Georgia existen lugares de acceso restringido a los extranjeros, como el territorio de Abjasia, Osetia del Sur, la zona fronteriza con Rusia y la frontera con terceros países, excepto los lugares de tránsito autorizados.
La Embajada de la República de Georgia en París se encuentra en:
Avenida Raymond Poincaré, 104
París 75116
Teléfono: 33 145021616.
Alberto Moravia : La romana, capítulo I
A los diecisiete años, era yo una verdadera belleza. Tenía el rostro de un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos largos, grandes y dulces, la nariz recta en una sola línea con la frente, la boca grande, con los labios bellos, rojos y carnosos y, si me reía, mostraba dientes regulares y muy blancos. Mi madre decía que parecía una Virgen. Yo me di cuenta de que me parecía a una actriz de cine por entonces en boga, y comencé a peinarme como ella. Mi madre decía que si mi cara era hermosa cien veces más hermoso era mi cuerpo; un cuerpo como el mío, decía, no se encontraba en toda Roma. Entonces no me preocupaba de mi cuerpo, me parecía que la belleza estuviese toda en la cara, pero hoy puedo decir que mi madre tenía razón. Tenía las piernas derechas y fuertes, los flancos redondos, la espalda larga, estrecha a la cintura y ancha en los hombros. Tenía el vientre, como lo he tenido siempre, un poco grande, con el ombligo que casi no se veía, tan hundido estaba en la carne; pero mi madre decía que esta era una belleza más, porque el vientre debe ser prominente y no liso liso como hoy se usa. También el pecho lo tenía robusto, pero firme y alto, manteniéndose erguido sin necesidad de sostén; y también de mi pecho, cuando me lamentaba de que fuese demasiado grande, mi madre me decía que era una verdadera hermosura, y que el pecho de las mujeres, hoy en día, no valía nada. Desnuda, como más tarde hube de notar, era grande y llena, formada como una estatua; pero vestida parecía, por el contrario, una chicuela menuda y nadie hubiera
Alberto Moravia : Cuentos romanos . El rorro 2
Un día que mi mujer andaba de mal humor le dijo la verdad a aquella
buena señora que nos traía la ayuda de la Sociedad Asistencial de Roma y
que no dejaba de preguntarnos por qué traíamos tantos hijos al mundo:
“Si tuviéramos dinero, en la noche iríamos al cine… Pero como no lo
tenemos, nos vamos a la cama y así nacen los hijos”. La señora se sintió
ofendida al oír tales palabras y se fue sin decir nada. Yo regañé a mi
mujer porque no es bueno decir siempre la verdad, y antes de decirla uno
debe saber con quién trata. Cuando era joven, antes de casarme, a veces
me entretenía leyendo la nota roja del periódico de Roma, en la que
cuentan todas las desgracias que le pueden suceder a la gente, como
robos, asesinatos, suicidios, accidentes callejeros. Y de entre todas
estas desgracias, la única que me parecía imposible que pudiera pasarme,
era la de convertirme en lo que el periódico llamaba “un caso piadoso”,
es decir una persona tan desgraciada que inspira compasión sin que le
haya ocurrido ninguna desgracia en especial, sino así nomás, por el solo
hecho de existir. Era joven, como ya he dicho, y aún no sabía lo que
significa mantener a una familia numerosa. Pero ahora, con asombro, veo
que poco a poco me he convertido en un verdadero “caso piadoso”. Leía,
por ejemplo: viven en la más negra de las miserias. Bien, yo vivo ahora
en la más negra de las miserias. O bien: viven en casas que de casa sólo
tienen el nombre. Bien, yo vivo en Tormarancio, con mi mujer y seis
hijos en un solo cuarto y, cuando llueve, el agua va y viene por todas
partes . En otra ocasión: mi esposa, infeliz, cuando supo que estaba
embarazada, tomó una decisión criminal: deshacerse del fruto de su amor.
Pues bien, de común acuerdo tomamos esta decisión, mi mujer y yo, al
descubrir que estaba embarazada por séptima vez. En fin, decidimos
abandonar a la criatura en una iglesia, tan pronto como lo permitiera el
clima, confiándola a la caridad del primero que la encontrara. Mi mujer
gracias a la intercesión de esas buenas señoras, se fue a parir en el
hospital y, luego, apenas se sintió mejorada, regresó a Tormarancio con
el nene. Al entrar al cuarto, me dijo: “¿Me creerías que, a pesar de que
un hospital es un hospital, me hubiera gustado quedarme ahí con tal de
no regresar nunca?”Era un nene hermoso y robusto, con un galillo muy
fuerte; así que por la noche, cuando se despertaba y comenzaba a llorar,
ya no dejaba dormir a nadie. Cuando llegó el mes de mayo y el aire se
puso bastante tibio como para andar en la calle sin abrigo, salimos de
Tormarancio y nos fuimos a Roma. Mi mujer cargaba al nene apretándolo
contra su pecho, envuelto en un montón de trapos, como si fuera a
dejarlo en un campo cubierto de nieve. Al entrar a la ciudad, tal vez
para demostrar que no le dolía, empezó a hablar sin darse punto de
reposo, alterada, jadeante, con los cabellos al aire y los ojos
desorbitados. A veces hablaba de todas las iglesias donde podíamos
dejarlo, haciendo hincapié en que debía ser una iglesia frecuentada por
gente rica, porque si lo recogía alguien tan pobre como nosotros, más
valía quedarnos con él; en otras me decía que era preferible una iglesia
dedicada a la Virgen, porque la Virgen también había tenido un hijo, y
podía entender ciertas cosas y le concedería su deseo. Su modo de hablar
me cansaba y me ponía histérico, pues yo también estaba mortificado y
me inquietaba lo que estaba haciendo, pero me repetía que era necesario
no perder la cabeza, mostrarme sereno y animarla. Hice alguna objeción,
al menos para interrumpir aquel río de palabras, y luego propuse: “Una
idea… ¿Qué tal si lo dejamos en la Basílica de San Pedro?” Ella se quedó
pensando un instante, luego repuso: “No, ésa es más bien una plaza de
armas… ni siquiera lo verían… Prefiero hacer la prueba en una iglesia
chiquita que está en la calle Condotti, donde están todas esas tiendas
elegantes… Allí va mucha gente rica. Ése es el lugar”.Tomamos el autobús
y, viéndose entre tanta gente, por fin se calló. De vez en cuando
envolvía al nene de nuevo, apretado entre su cobijita, o le descubría el
rostro, con precaución, para mirarlo. El nene dormía, con su carita
blanca y chapeteada, hundida entre los trapos. Estaba mal vestido, como
nosotros. Lo único bueno que llevaba eran sus guantitos de lana azul, y
tenía las manitas , fuera, bien abiertas, como si los presumiera. Nos
bajamos en la plazoleta Goldoni, y de inmediato mi mujer reinició con su
parloteo. Se detuvo frente al escaparate de un joyero y, mostrándome
las joyas expuestas en repisitas forradas de terciopelo rojo, me dijo:
“Mira cuánta belleza… La gente viene a esta calle a comprar joyas y
puras cosas bonitas… Aquí no vienen los pobres… Entre tienda y tienda
van a rezar un rato a la iglesia… Tienen buena disposición… Ven al nene y
se lo llevan”.Decía esto mirando las joyas, apretando al nene contra su
pecho, con los ojos de par en par, como si hablara para sí misma. Yo no
tuve el valor de contradecirla. Entramos a la iglesia. Era pequeña,
pintada de color amarillo, jaspeado, como si fuera de mármol, con muchas
capillas y el altar mayor. Mi mujer dijo que la recordaba distinta, y
que ahora, viéndola bien, no le gustaba ni tantito. Pero mojó los dedos
en el agua bendita y se santiguó. Después, con el nene en brazos,
comenzó a recorrer lentamente la iglesia, examinándola con una actitud
descontentadiza y desconfiada. De la cúpula, a través de las lumbreras,
caía una luz fría pero clara. Mi mujer iba de capilla en capilla,
mirándolo todo: bancas, altares, cuadros, para ver si era el caso de
dejar ahí al nene. Yo caminaba detrás de ella, a una cierta distancia,
sin perder de vista la entrada. Entró de repente una señorita alta,
vestida de rojo, de cabellos rubios como el oro. Se arrodilló, forzando
la estrechez de su falda, rezó tal vez ni siquiera un minuto, se
persignó y salió sin mirarnos. Mi mujer, que había visto todo, me dijo
de pronto: “No, no me gusta… Aquí viene gente como esa señorita, que
tiene prisa de divertirse y ver tiendas. Vámonos”. Y diciendo esto,
salió de la iglesia. Remontamos un buen trecho por el Corso, siempre
corriendo, mi mujer adelante y yo tras ella. Cerca de la Plaza Venecia
entramos en otra iglesia. Ésta era más grande que la otra, muy oscura,
llena de telas, doraderas y vitrinas abarrotadas de corazones de plata
que brillaban en la oscuridad. Había mucha gente y, a ojo de buen
cubero, consideré que se trataba de gente adinerada; las señoras con
sombrero, los hombres bien vestidos. Un sacerdote manoteaba desde el
púlpito, predicando. Todo mundo estaba de pie, mirando hacia él, y pensé
que eso era bueno porque nadie nos observaría. Le dije a mi mujer, en
voz muy baja: “¿Quieres que lo dejemos aquí?” Me dijo que sí, a señas.
Nos dirigimos hacia una de las capillas laterales, muy oscura; no había
nadie y casi no se veía. Mi mujer cubrió el rostro del nene con una
punta de la cobija que lo abrigaba y luego lo dejó sobre una silla, tal y
como se deja un bulto estorboso, para sentirse más libre. Luego se
arrodilló y estuvo rezando un largo rato, con la cara entre las manos,
mientras yo, sin saber qué hacer, miraba los cientos y cientos de
corazones de plata de todos los tamaños, que tapizaban las paredes de la
capilla. Finalmente mi mujer se puso de pie, cariacontecida; se
persignó y, paso a paso, se alejó de la capilla, y yo tras ella, a
cierta distancia. En ese momento, el predicador gritaba: “Y Jesús dijo:
¡Pedro!, ¿adónde vas?” Lo percibí de inmediato, porque me pareció que me
lo preguntaba a mí. Pero cuando mi mujer se disponía a apartar la
cortina para salir, una voz nos hizo brincar a los dos: “Señora, dejó un
paquete en la silla”. Era una mujer vestida de negro, una de esas
beatas que se pasan todo el santo día entre la iglesia y la sacristía.
“Es cierto”, dijo mi mujer, “gracias… Se me olvidaba”. En fin, recogimos
el bulto y salimos de la iglesia más muertos que vivos. Ya fuera de la
iglesia, mi mujer dijo: “Nadie quiere a mi pobre hijo”, más o menos como
un vendedor que piensa vender pronto la mercancía y luego ve que en
todo el mercado no hay nadie que se interese por ella. Mientras tanto,
ella había empezado a correr de nuevo, con su modo enajenado, casi sin
tocar el suelo con los pies. Fuimos a dar a la Plaza de los Santos
Apóstoles. La iglesia estaba abierta y, tan pronto como entramos, al
verla tan grande, tan espaciosa y oscura, mi mujer me susurró al oído:
“Esto es lo que necesitamos”. Caminó decididamente hacia una capilla
lateral, dejó al nene sobre una banca y, como sí el pavimento le quemara
los pies, sin persignarse, sin rezar, sin siquiera darle un beso en la
frente, se alejó de prisa hacia el portón de la iglesia. Pero sólo había
dado unos cuantos pasos cuando la iglesia retumbó con un llanto
desesperado: era la hora de mamar, y el nene, puntual, lloraba porque
tenía hambre. Quizás mi mujer perdió la cabeza al oír un llanto tan
fuerte. Primero corrió hacia la puerta, luego volvió sobre sus pasos,
siempre corriendo, y, sin ponerse a pensar dónde estaba, se sentó en una
banca, tomó al nene en brazos y se desabrochó para darle el pecho. Pero
no acababa de sacarse completamente el pecho —que el niño, como un
verdadero lobo, agarró a dos manos, callándose al instante—, cuando una
voz grosera comenzó a gritar: “Esas cosas no se hacen en la casa de
Dios. ¡Fuera, fuera! ¡A la calle!”Era el sacristán; un viejito con
barbita blanca, y con una voz más grande que él. Mi mujer le dijo,
levantándose y cubriendo lo mejor que pudo la cabeza del nene y el
pecho: “La Virgen, sin embargo, en los cuadros siempre tiene a un niño
en brazos”. El sacristán le respondió: “Y tú quisieras ser como la
Virgen. ¡Presuntuosa!” Basta. Salimos de la iglesia y fuimos a sentarnos
en el jardín de la Plaza Venecia; allí mi mujer le dio el pecho al nene
hasta que éste se hartó y se durmió de nuevo. Ya era de noche. Estaban
cerrando las iglesias y estábamos muy cansados, como idiotas, sin que se
nos ocurriera nada. Me desesperaba el hecho de tener que pensar en algo
que no tenía ganas de hacer, y le dije: “Mira, ya es tarde y no aguanto
más. Tenemos que decidirnos”. Ella me contestó, con amargura: “Pero es
tu sangre… ¿Quieres abandonarlo en cualquier esquina así nomás, como si
fuera el cucurucho de tripas para los gatos?” Le dije: “¡Claro que no!
Pero ciertas cosas se hacen pronto, sin pensarlo mucho, o nunca se
hacen”. Y ella: “Lo que pasa es que tienes miedo de que me arrepienta y
me lo lleve otra vez a casa… ¡Ustedes los hombres son unos cobardes!”
Comprendí que no debía contradecirla en esos momentos y le contesté con
moderación: “Te comprendo, no te apures… Pero date cuenta de que por muy
mal que le vaya, siempre le irá mejor que si crece en Tormarancio, en
un cuarto sin excusado ni cocina, entre las cucarachas en invierno y las
moscas en verano”. Esta vez, ella no dijo nada. Sin saber adónde ir,
tomamos por la calle Nazionale, recorriéndola hasta la Torre de Nerón.
Poco más adelante, vi una callecita que subía, totalmente desierta, con
un coche gris, cerrado, parado frente a un portón. Tuve una idea: fui
hacia el coche, moví una de las manijas y la portezuela se abrió. Le
dije a mi mujer: “¡Pronto, éste es el momento…! Déjalo en el asiento
trasero”. Obedeciendo, ella dejó al nene bien acomodado en los asientos
posteriores, y luego cerré la portezuela. Hicimos todo esto en un
instante, sin que nadie nos viera. Luego la tomé del brazo y nos
alejamos corriendo hacia la Plaza del Quirinal. La plaza estaba desierta
y casi a oscuras, con pocos faroles encendidos bajo los palacios y
todas las luces de Roma brillando en la noche, tras los parapetos. Mi
mujer se acercó a la fuente bajo el obelisco, se sentó en una banca y de
pronto empezó a llorar, agachada, dándome la espalda. Le dije: “¿Y
ahora qué te pasa?” Y ella: “Ahora que lo he abandonado, siento que me
falta… Que me falta algo aquí, en el pecho, donde se me colgaba… ”Le
dije, por no dejar: “Bueno, es natural. Pero ya se te pasará”. Se alzó
de hombros y siguió llorando. Luego, de repente, se le secó el llanto
como se seca la lluvia en la calle cuando sopla el viento. Se levantó,
furiosa, y dijo, señalando uno de los palacios: “¡Ahora mismo entro ahí y
hago que me reciba el rey y le cuento todo!” “¡Detente!”, le grité,
jalándola de un brazo, “estás loca. ¿Qué no sabes que ya no hay rey?” Y
ella: “¿Y eso a mí qué me importa? ¡Voy a hablar con el que se quedó en
su lugar! Alguien ha de estar”. En fin, ella corría ya hacia el portón, y
no quiero ni imaginar el escándalo que habría armado si yo no le
hubiera dicho de pronto, desesperado: “¡Óyeme…! Cambié de idea…
Regresemos al coche nos llevamos al nene… Quiero decir que nos quedamos
con él… Al fin y al cabo, da lo mismo uno más que uno menos…” Esta idea,
que era la principal, suplantó inmediatamente a la de hablar con el
rey. “¿Crees que esté ahí todavía?”, dijo, mientras se encaminaba
rápidamente hacia la callecita donde estaba el coche gris. “Claro que
sí”, le contesté. “No han pasado ni cinco minutos”.En efecto, el coche
aún estaba ahí; pero en el preciso momento en que mi mujer se disponía a
abrir la portezuela, un hombre maduro, chaparro, con pinta de
autoritario, salió del portón, gritando: “ ¡Quieta, quieta! ¿Qué busca
en mi coche?” “¡Busco algo que es mío!”, respondió mi mujer sin voltear a
verlo y agachándose para recoger el bulto con el nene que estaba en el
asiento, pero el otro insistía: “¿Pero qué es lo que se lleva? ¡Este
coche es mío, mío! ¡No entiende?”. Hubieran visto a mi mujer.
Irguiéndose, lo embistió de esta manera: “¡Pero quién te quita nada! No
tengas miedo, nadie te quita nada. ¡Mira cómo escupo tu coche!” Y, dicho
y hecho, le escupió la portezuela. “Pero ese bulto… ”, siguió diciendo
el hombre, asombradísimo. Y ella: “No es un bulto… Es mi hijo…
¡Mira!”.Le destapó la cara al nene, mostrándoselo, y agregó: “Tú, ni
naciendo otra vez, podrás tener con tu mujer un nene tan bonito como
éste… ¡Y no te atrevas a ponerme las manos encima, porque grito y llamo a
los policías y les digo que querías robarme a mi hijo!”. En fin, le
dijo tantas cosas, que al pobre hombre, con la cara roja y la boca
abierta, por poco y le da un ataque. Finalmente, sin prisa alguna, se
alejó del coche y me alcanzó en la esquina de la calle.
Película Palermo o Wolfsburg de Werner Schroeter
Lo primero que llama la atención es la austeridad casi documental con que Schroeter encara la parte inicial del relato, ambientada en un pequeño y paupérrimo pueblo de Sicilia. Con intérpretes no profesionales y cámara en mano –en un estilo que recuerda al de Pasolini– Schroeter va dando una visión bucólica de esa gente y su tierra, de sus ritos y tradiciones, pero no deja de señalar la miseria y falta de trabajo que los empuja a emigrar a Alemania. Con el viaje de Nicola hacia Wolfsburg, donde está ubicada la fábrica automotriz Wolkswagen, se inicia la segunda parte, tremendamente crítica para con la sociedad alemana, en donde Schroeter va descubriendo paulatinamente signos de indiferencia, violencia y racismo. La tercera y última parte de Desarraigo se concentra en el juicio al que Nicola es sometido, acusado de asesinar a dos hombres. Aquí, poco a poco Schroeter se va desprendiendo del tono realista que imprimió a las dos primeras partes del film y recurre a una puesta en escena operística.
Si usted o cualquier otro docente está interesado en solicitar trabajo en el distrito de Denver,
Hola,
Mi nombre es Daniel Kehm y trabajo en el distrito de las escuelas públicas de Denver. La razón por la que le escribo este mensaje es porque tras preguntarle sobre posibles candidatos para trabajar en Denver, Alberto de visalista.com me facilitó esta dirección de correo electrónico.
El distrito ofrece la opción de visados en aquellos casos en los que los docentes requieren las destrezas requeridas para el puesto. Dado el gran crecimiento de Denver, en la actualidad se necesitan unos 800 docentes con conocimientos de español para impartir todo tipo de materias.
Si usted o cualquier otro docente está interesado en solicitar trabajo en el distrito de Denver, este es el enlace:
http://careers.dpsk12.org/
Simplemente haga clic en "Visit DPS Job Boards" en el lado derecho y cree su perfil. En caso de que surja cualquier cuestión con la aplicación puede escribirme a mi correo daniel_kehm@dpsk12.org. Hacia el final de la solicitud puede incluir también mi nombre sobre cómo conoció la opción de trabajar en nuestro distrito. He adjuntado imágenes de las pantallas para que le sea más sencillo seguir el proceso.http://careers.dpsk12.org/
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